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Se muestran los artículos pertenecientes a Marzo de 2006.
Hace unos meses Buenafuente entrevistó a Amenábar en su programa. No considero difícil preguntas originales al director que el año pasado fue galardonado en Hollywood con una película más que controvertida. Sin embargo, Buenafuente se dedicó a preguntarle por los tópicos de siempre, entre los que introducía sus insaciables chistes. La entrevista finalizó con el presentador tocando una guitarra de juguete, en honor a las dotes de Amenábar como compositor. Quien, por cierto, en esos momentos podría haber dicho cualquier cosa. Ya que, ni Buenafuente le hacía caso (toda su atención estaba puesta en hacer sonar el infantil artilugio), ni atendía tampoco el rebaño de adolescentes a quienes tiene por público el late night de Antena Tres. El jadeante rostro del público cada vez que ve salir al Neng de Castefa hace pensar que lo raro sería que prestaran más atención a las respuestas de los entrevistados que a las gracias del presentador. Tuve que cambiar de canal, no quería siquiera ver la calmada cara de Amenábar tratando de que alguien escuchara. Por un motivo o por otro, siempre acabo horrorizada ante este tipo de entrevistas; y cambio de canal antes de que me suban los colores, o me invada la pena por la degradación de las entrevistas en la TV. No es sólo Buenafuente, quien puede ser gracioso en sus monólogos, pero que olvida que deja de ser él lo importante cuando sienta a un invitado en el otro sillón. Son cada uno de los conductores de estos programas de variedades, en los que las entrevistas breves se han puesto tan de moda. Eva Hache, la pobre, todavía no tiene práctica (ser cómica y no periodista puede ser un motivo de su falta de hábito). Lee sus preguntas, y ya le pueden estar dando una exclusiva en la respuesta, que pasará directamente al siguiente tema que dicta el guión. Guión del que, por cierto, está más pendiente que del propio invitado. El caso de Boris Izaguirre no hace falta ni comentarlo. A Boris le encantaría preguntarse y responderse continuamente, y escucharse, y volverse a ver; y así indefinidamente. Y luego están los propios entrevistados. Las víctimas de este circo, quienes, en muchos casos, se debaten entre la indignación, el intento de seriedad en sus respuestas o simplemente la risa y el abandono por el show. Pero el show no sólo implica responder a preguntas ideadas por un preescolar, sino que trae consigo que cada personaje realice su oficio, esto es: el torero que toree, el bailarín que baile, el dibujante que dibuje; y, si de pequeño hacías claqué, pues claquea, ahí tienes los zapatos. Eso sí, en un minuto, sin hacer perder mucho el tiempo, y sin aburrir a la audiencia. En cierta ocasión vi al Juli plantar cara a los presentadores cuando éstos le pedían que torease con uno de ellos, cuernos de plástico en mano. El Juli se negó. Amablemente dijo que el toreo era un arte, que requería concentración, y que no podía ser vapuleado de esa manera. Pero muy pocos entrevistados les plantan cara. Quién sabe si por no afear a los presentadores, o porque el espectáculo continúe, se convierten en títeres en manos de presentadores, guionistas y realizadores, dando lugar a desagradables espectáculos. No lo entiendo. No entiendo por qué se empeñan en rellenar todos los programas con este tipo de absurdas entrevistas, de apenas un cuarto de hora, en la que los invitados son continuamente insultados y ultrajados. Supongo que lo que importa son las audiencias. Como siempre, ante cualquier queja en televisión, la respuesta será que tenemos lo que nos merecemos. Dedicado a quienes no les guste el invierno Enté sin saber muy bien lo que quería. Iba sola y me iba a gastar bastante dinero, así que esperaba ser aconsejada por la encargada del establecimiento. Una cincuentona teñida de rubio. Comenzé a mirar ropa colgada cerca del mostrador con la esperanza de que la mujer que estaba tras él viniera a atenderme. Debería haberme dado cuenta de que la dependienta no iba a hacerme el caso que esperaba. Mirarme, me miró. Sus pupilas se posaron en mí al entrar, pero apenas unos instantes, para emprender de nuevo su apasionada lectura de catálogos de ropa. Sabía que en las tiendas baratas, en plan Zara, las tenderas no son capaces ni de doblar la ropa al meterla en la bosla. Pero pensaba que en los establecimientos de precios más altos te trataban mejor. Por eso intenté captar la atención de la encargada. A pesar de que ésta seguía sin hacerme caso: - Perdone, tango una boda... y no sé muy bien qué llevar... tengo que ir seria... pero...me gustaría ponerme algo, no sé, alegre, juvenil. No sé si me explico. - En el otro lado hay ropa más elegante -dijo en un tono más que seco, sin despegar los ojos de la dichosa revista. - Gracias -contesté, sin atreverme siquiera a mirarle a la cara. En aquellos momentos podría haber alzado el brazo derecho aclamando Heil Fürher!, que no hubiera desentonado con la relación que, en el poco tiempo que llevaba en la tienda, se había establecido entre nosotras. Afortunadamente, prontó encontré la ropa que quería. Debería habérmela comprado y haberme marchado de allí. Pero deseaba, anhelaba, una sonrisa, una muestra de humanidad de aquella estatua de hielo. Así que - en mala hora- hize un tercer intento de interpelación. - ¿Le parece que me queda bien? Al observar sus ojos, que expresaban una mezcla entre asco y desesperación por haberle molestado, cerré los míos, intuyendo su respuesta: - No me parece que vayas como para una boda, igual para una comunión, pero para una boda, desde luego, no. Y esa chaqueta... está hecha para mujeres con más hombros, si no te quedan esas arrugas... Me gustaba la ropa, pero ni se me hubiera pasado por la cabeza contradecirle y comprármela. La dejé y me fui. Al salir de la tienda reviví una escena en la que, con el dinero de mi décimo cumpleaños, me compré dos bollicaos seguidos, y la tendera me preguntó que si no me daban de comer en casa. Me sentí igual de pequeña. Cuando, al rato, se me pasó la consternación, me indigné. Y, como siempre, pensé en miles de contestaciones para la encargada de la boutique. Que a ver si a los comerciantes les parecía qu estábamos en haciéndoles un favor al comprar en sus establecimientos, que eran ellos los que salían más beneficiados, que no era más que una simple tendera, que en las tiendas deberían darles cursos de buenos modales... Pero luego, reflexionándolo en frío (no creo que haga falta decir que no estoy generalizando, ni que "yo tengo muchos amigos tenderos") pensé, pero qué bien se lo montan nuestros queridos comerciantes, no sé cómo lo han conseguido, pero tratándonos con el peor de los desprecios, seguimos comprando en sus tiendas. Cuando no sabíamos ni de la existencia de los móviles con cámara, apareció él, con su cabeza cuadrada y sus ojos hundidos, miró por el móvil y nos sacó una foto. A partir de ese día se quedó con el mote. Por extensión todos los que compartían sus características vitales: niños ordenador. Aquéllos para los que USB es un acrónimo de andar por casa, para los que Internet no entraña ningún misterio, a los que se podría comprar todos los regalos de Reyes sin salir de la sección de electrónica del Corte Inglés. Con niños ordenador me refiero también los niños que tanta pena dan a sus mayores: “Con lo bien que estábamos nosotros jugando en la calle, y mira éstos, todo el día en casa, pegados al ordenador y a la consola”. Pensar que los niños de ahora son peores que los anteriores no es una cuestión que afecte en exclusiva a los chavales nacidos en los 90. El refrán “cualquier tiempo pasado fue mejor”, refleja muy bien lo que sentimos todas las generaciones respecto de las generaciones futuras. Nuestros abuelos recriminan a nuestros padres que no tuvieron que trabajar para comer, o que no vivieron en plena guerra; lo cual les hizo más despiertos, mejores en general. Incluso quienes llegamos a este mundo hace veinte años pensamos: “¡Ay, criaturas infelices, que se creen que el móvil ha existido siempre, no saben lo que era tener que buscar una cabina para hacer una llamada!”. Siempre ha habido niños brutos. Niños a los que te gustaría partirles la cara y decirles: “¡Alelao, a ver cuando espabilas!”. Ahora se sientan delante Play y se empanan, o se meten en chats guarros para hacerse pasar por púberes rubias 90-60-90. Antes lo hacían de manera diferente. Cuando su padre les mandaba quedarse con las ovejas se fumaban las hierbitas del suelo. O se compraban un spray y se iban a pintar las paredes de las ermitas (al menos en mi pueblo, que burros los hay un rato). O rompían a pedradas las luces que adornan las calles en Navidad. De la misma manera, los niños creativos también siguen existiendo. Y el ordenador, o los videojuegos, no son sino una manera de desarrollar su imaginación; igual de buena (o igual de mala) que lo eran antes las cabañas o los escondites. Tengo un hermano de 11 años que ha crecido pegado al PC. Lleva desde los 9 haciendo un periódico con el ordenador. Escribe noticias, de fútbol normalmente, y busca fotos en Internet. Hace poco le enseñé a utilizar un programa de diseño gráfico, porque decía que su periódico (creado con Word) no se parecía a los de verdad. El programa ya lo domina a la perfección. También le enseñé a utilizar el lenguaje HTML. A mí me costó sudor y lágrimas entenderlo, y él ya está pasando su periódico a la hipertextualidad. Una amiga contaba que su hermano juega con niños de todo el mundo por Internet. Y con eso de que son de todo el mundo, forzado a emplear su precario inglés, ahora no hay phrasal verb que se le resista. Creo que es un error pensar que la era tecnológica está atontando a las generaciones venideras. Simplemente, ellos ya se han adaptado. A Llamazares ya nadie le escucha. Quizá por eso una de sus últimas ideas ha pasado por alto. Este año, 75 aniversario de la Segunda República, ha propuesto que la bandera republicana ondee durante el mes de abril, junto con la oficial, en todos los edificios públicos. Pero el clima de efervescencia cultural no sólo inmiscuía a los artistas. También los políticos estaban volcados con la causa. Muchos de ellos fueron gente de letras, ilustrados y, sobre todo, preocupados por difundir la cultura. Manuel Azaña fue escritor, y fundador de varias revistas literarias (La pluma, España).Una de sus reformas fue la educativa. Largo Caballero estuvo al frente de ésta. Quizá la reforma agraria no consiguiera llevarse a cabo, pero miles de colegios fueron creados durante estos años. “Colegio Nacional de Obanos, 1933”. Dice una placa situada en lo alto de la escuela de mi pueblo. Asimismo, creó las llamadas Misiones Pedagógicas, encaminadas a difundir la cultura por todos los rincones de España. Tampoco podemos olvidar la labor de Negrín, Presidente ya en la guerra. Quien, en una misión nada fácil (al menos así lo describe un reciente documental que narra la proeza) logró que todas las obras de arte del Museo del Prado fueran trasladadas, para que las bombas no acabaran con ellas. Mucho dinero fue destinado a esta empresa, que recibió reconocimiento en toda Europa, por ser el primer intento de tal envergadura de salvar el arte de la guerra. La República se quedó en un intento. Mola y sus amigos se encargaron de que no llegara a ser. Pero sólo por honrar unos años en los que la cultura en España se tenía como un proyecto y no como una tara, no estaría de más, que, al menos, el 14 de Abril, se ice la bandera republicana. Y no sólo en los recordatorios de los más nostálgicos. |
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